Tetouan - Mequinez

Publié le par Curro Zuloaga

Mequinez, Marruecos, 28 de julio de 2006

    A las 6 de la mañana, nada más y nada menos (bueno, sí, un poco menos) nos levantamos. Queríamos coger, por fin los ocho juntitos, un autobús que iba directo de Tetouan a Mequinez. Desayunamos junto a la agencia de viajes, que abrió a las 7:00 y nos dijo que el autobús estaba lleno.

    Tras hablar con el hombre de la agencia (mitad francés, mitad español, mitad inglés…), nos propuso comprar  billete de autobús de Tetouan a Tanger (por nuestra cuenta), y él nos vendió los billetes de tren Tanger-Mequinez. Eso significaba ir a la estación de autobuses a coger el siguiente bus para Tánger… primer contacto con el “inframundo”… la estación es sucia, oscura y llena de gente gritando aquí y allá… Por suerte, tal como llegamos salía un bus a Tanger. Compramos los billetes, nos montamos y nos fuimos.

    El viaje normal; un poco de calor, pero nada insoportable. Al llegar a Tanger, cogimos un par de taxis (ya nos íbamos soltando en las negociaciones) a la estación de tren. El siguiente tren salía a las 13:30, en un par de horas. Estuvimos allí, jugando a las cartas, leyendo y charlando con unos italianos que hacían el interrail (España+Portugal+Marruecos), y que nos contaron algunas cosas interesantes sobre Berlusconi y la (falta de) libertad de prensa en su país.

    Ya en el tren, mucho calor, incluso si salía un pequeño hilo de aire junto a la ventana al que ambiciosamente llamaban aire acondicionado. El trayecto (de 6 horas) discurre por la costa al principio (hasta Asillah), y luego se va internando en el continente (Sidi Hazem y Mequinez). Desde el interior se ve claramente como el paisaje cambia, cada vez más árido y con colores más cálidos.

    A la llegada, teníamos una dirección a donde ir. Resulta que el tío de Chuví está casado con una marroquí, y tienen casa en Mequinez, si bien ellos ahora habitan en España. Teníamos la dirección de la casa, así que decidimos ponernos en marcha. La única opción parecía, de nuevo, taxi. Cogimos tres petits taxis (máximo tres personas), porque parecía más barato, pero al final nos dieron una vuelta a todas luces innecesaria y nos salió por lo mismo que dos taxis normales. Nos llevaron, efectivamente, a la dirección… Al Manzour, 21, si no recuerdo mal… pero allí no era. En Marruecos (como en Túnez), la numeración dentro del barrio no tiene mucho sentido, así que era posible que hubiera otro número 21 o cualquier otra bizarra posibilidad.

    Intentamos resolver la situación, llamando a Hammani, hermano de Naïma, la tía de Chuví. Él se ofreció a recogernos y llevarnos a nuestro destino. Mientras tanto, éramos el espectáculo de la tarde en el barrio: ocho occidentales con sus respectivas mochilas perdidos en medio de una ciudad marroquí. Con su habitual amabilidad, nos ofrecieron ayuda, asiento, refrigerio… y conversación. Yo estuve hablando de fútbol con un par de ellos, forofos apasionados del Barcelona. Les pareció tan interesante lo que les conté (no recuerdo qué), que me regalaron un llavero antes de que nos fuésemos. Gracias.

    Hammani vino a recogernos. Nos llevó a casa de Mamachi, su madre, que vive en el piso de debajo de los tíos de Chuví, donde nosotros dormiríamos. Al llegar estaban allí Mamachi (la matriarca), Bouchra, Bouazza, Doha y Safae. Dejamos los trastos en el piso de arriba y nos quedamos a charlar con ellos abajo, en francés como buenamente pudimos (Cris ha sido de grandísima ayuda). Nos prepararon una merienda como no la he visto en mi vida, con té, café, crêpes, pan… la cual devoramos.

    No contentos con habernos ofrecido todo esto, nos llevaron a ver la ciudad, en los coches de Bouazza y Hammani. Vimos el Palacio del Rey (sí, aquí tiene otro, y no precisamente pequeño); también el mausoleo de Mulay Ismail, tirano hecho héroe con el paso del tiempo, que hizo a Mequinez capital del reino hará unos 300 años, y responsable de la construcción de las impresionantes murallas y mezquitas que llenan la ciudad. Paseamos un poco por la medina, ya de noche, pero estábamos tan cansados que no prestamos mucha atención (al menos yo).

    Volvimos a casa, donde el recibimiento continuaba su curso: Mamachi y Bouchra nos habían preparado una gigantesca ensalada (de la que descubrí que la zanahoria con canela no está nada mal), y un tajine de ternera con ciruelas exquisito. La comida se coge siempre del centro, y se supone que no es de buena educación tomar de la parte de la fuente que no te es cercana. De beber, refrescos, pues ellos no beben alcohol (una lástima, un par de botellas de vino hubieran sido el remate), y de postre, fruta.

    Para dormir, extendimos tres alfombras por las habitaciones del piso de arriba, el cual todavía estaba sin amueblar, y nos repartimos por la casa. Chuví, a pesar de ser el responsable de tanta felicidad aquel día, quedó desterrado en una habitación para el sólo… qué oído tan sensible tenemos… ay!

Foto: Ana jugando con la pequeña Doha

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