Zhongdian - Lijiang

Publié le par Curro Zuloaga

Lijiang, RPC, 25 de junio de 2006

    Tras la noche en Zhongdian, proseguíamos nuestro regreso. La siguiente parada era Lijiang, ciudad que también ya conocíamos, y lugar en dónde Diego y yo nos habíamos conocido hacía una semana. La idea de Diego era volver ese día a Lijiang, al día siguiente a Kunming, y al siguiente a Nanning, su ciudad, pues su vuelo de vuelta a Europa era el día 29 y todavía tenía cosas que hacer en su ciudad.

    A mí, sin embargo, y más aún después de la experiencia tibetana, me “picaban los pies” y quería más montaña. Así que empecé a barajar la posibilidad de, desde Lijiang, desviarme temporalmente a la Garganta del Salto del Tigre. Eso debería retrasar mis planes de llegar a Kunming unos dos días, lo cual no era un problema, pues tiempo en esos momentos es precisamente de las pocas cosas que no escaseaban.

    Con estos y otros pensamientos en mi cabeza, deshicimos en autobús el camino hecho unos días antes en busca de las montañas tibetanas. El paisaje empieza a cambiar. Las montañas son menos elevadas y escarpadas; la nieve ya no está allí; los valles pasan a tener forma de U, con inmensas y fértiles llanuras donde se sitúan las ciudades y los lagos; vuelven los cultivos de arroz; desaparecen los yaks; las casas son de adobe en lugar de ser de madera, etc.

    Al llegar a Lijiang, simplemente relax. Yo ya había decidido que, si el tiempo acompañaba (y probablemente si no acompañaba, también), me iría a la famosa garganta al día siguiente, así que sería probablemente nuestro último día juntos. Con Diego había estado a gusto en todo momento: el tipo de persona con la que no hay tensión ninguna por culpa del silencio. Hablábamos cuando hablábamos, eso era todo. Nos habíamos ido conociendo poco a poco, nos habíamos hecho buena compañía y había sido muy, pero que muy agradable compartir viajes con él.

    En fin, que buscamos un buen restaurante (5 euros entre los dos, una barbaridad para lo que veníamos frecuentando). Cenamos de maravila, y después de ello fuimos a dar una vuelta. Una mujer loca de unos 50 años, con un pequinés en los brazos, se enamoró de Diego y me obligó a hacerles fotos juntos, le dio su número de teléfono, su dirección y todo lo imaginable porque quería volver a verlo… hay gente muy peculiar en este mundo.

    Yo había pasado hacía unas horas a recoger una mochila que había dejado a Jenny (la propietaria del Prague Cafe) una semana antes. Así que, por primera vez en una semana, calcetines y ropa interior limpios. Durante la semana anterior había interiorizado la idea de que la limpieza y la higiene, como todo en la vida, son conceptos relativos: empiezas a pensar que llevar los mismos calcetines dos días seguidos es lo normal, y en el fondo hasta crees que si te los cambias de pie al tercer día, es como si vistieras otro par distinto. Los gayumbos, por su parte, pueden ser utilizados hasta cuatro veces sin repetir posición… no es difícil de imaginar. Las analogías escatológicas con el papel de las magdalenas las dejaremos para otro momento.

    Así que después de cena y paseo por Lijiang, nos tomamos algo en el Prague Café. Allí conocí a Thomas, un inglés con acento escocés (lo reconocí al instante por mis períodos pasados por aquellos preciosos parajes) que al día siguiente también quería hacer la ruta de la Garganta del Salto del Tigre. El quería, sin embargo hacerla en sentido Daju-Qiaotou, mientras que yo quería, por varios motivos, hacer el trayecto contrario. Dijimos que quizás nos veríamos la noche siguinte en Walnut Grove, el punto intermedio.

    Después de esto, a dormir, en el mismo hostal y habitación en la que había estado en mi primer paso por Lijiang. Este sitio es limpio, tranquilo, barato… y tenía agua caliente!!!

Foto: una "peque" de Lijiang


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Publié dans China

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